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juanca lina

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En el metro

La casa de la licenciada Beatriz queda bastante lejos, cerca de la estación Apatlaco, y ese día mi jefe me mandó a recoger unos documentos urgentes; me pude haber negado pero como apenas llevaba unos días en el trabajo tenía que hacer méritos y salí rogándole al cielo que no hiciera mucho calor en el metro.

 

Ese día llevaba una blusa blanca y un pantalón pescador del mismo color que acompañé de sandalias de tacón bajo y ropa interior de algodón. Nunca me he considerado un bombón y con ese atuendo no hubiera esperado ni siquiera un piropo grosero; así que cuando ví la oportunidad de subirme al metro luego de ocho convoyes donde no cabía un alfiler me olvidé del pudor y aproveché un hueco.

 

El olor a sudor sucio y el calor me estaban matando cuando apenas había avanzado media estación. Para completar mi pena apenas podía respirar de lo apretada que iba y me juré que al llegar a la siguiente estación tomaría un taxi.

 

Pero, como siempre sucede, lo inesperado se cruzó en mi camino y me llené de pánico cuando sentí una mano rozar mi cintura con descaro. Mi primer reacción fue voltear la cabeza hacia abajo para ver de quien era la mano pero con lo apretada que estaba supuse que sería solo parte de los "arrempujones" propios de las horas pico.

 

Cuando llegamos a la siguiente estación fui víctima de una horda de empleados de oficina que se abalanzó sobre la ya de por sí compacta masa humana que me apresaba y a pesar de mis intentos me fue imposible bajar.

 

Ahora sé que el destino le tiende trampas a la gente para lograr su cometido y que el no poder bajar tuvo una finalidad en mi vida.

 

Quedé prácticamente aplastada entre la muchedumbre y tuve que cruzar los brazos para no maltratar unos papeles importantes que llevaba; tal era la presión que me costaba trabajo respirar.

 

Empezamos a avanzar y sentí que algo picaba mi costado izquierdo. ¡¡No lo podía creer!! El tipo de atrás me estaba amenazando con una navaja enfrente de todos, ¡Justo lo que me faltaba!, que fuera asaltada en medio de la muchedumbre.

 

Volteé a verlo, pero antes de poder girar mi cuerpo sentí la navaja hacer más presión y el tipo me habló al oído:

 

-Calladita y tranquilita mi reina, no voltees- me dijo mientras con su mano recorría la orilla de mi pantalón. Supuse que buscaba el monedero y tratando de que no me tocara le dije:

 

-Lo traigo en la bolsa, tenla.

 

Su respuesta me desconcertó y me llenó de pavor:

 

-Quédatelo, no me importa.

 

Entonces su mano, que seguía recorriendo mi cintura, se encontró con la orilla del bikini.

 

-Esto es lo que busco mamita. Tranquila y nadie sale lastimado.

 

Me supe a su merced y el aire se me fue por unos instantes, era la primera vez que esto me sucedía. Tenía ganas de gritar y sabía que de hacerlo alguien me ayudaría pero ¿podrían ser más rápidos que su mano enterrando la navaja? ¿Serviría de algo? ¿De verdad alguien me ayudaría? Y mas en el fondo, si el tipo no iba por mi dinero, y el vagón estaba lleno a más no poder ¿Qué podía hacerme? ¿Ultrajarme en medio del gentío?

 

Decidí quedarme tranquila, más por miedo que por razonamiento y mientras pensaba todo esto su mano ya recorría mi trasero por debajo de mi ropa y su cuerpo se pegaba al mío para hacerme sentir su erección.

 

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Su mano siguió cubriendo terreno hasta llegar a mi entrepierna que por instinto apreté impidiendo que su mano llegara a mis genitales, pero cuando lo descubrió volvió a presionar con la navaja y no tuve otro remedio que relajar mis músculos permitiéndole a su mano llegar un poco más allá…

 

Me sentía impotente cuando llegamos a la siguiente estación y apenas bajó una persona; mientras el vagón siguiera igual no podía hacer nada y en cambio uno de sus dedos frotaba mi clítoris casi con saña. Y ni siquiera sabía si estaba limpio, el terror me hacía presa.

 

Así estuvo unos momentos, friccionando y lastimando la parte más sensible de mi cuerpo. Las lágrimas del coraje, más que del dolor asomaron por mis ojos; nunca me había sentido tan triste y desdichada… Tan frustrada.

 

Tuve ganas de golpearlo, de gritarle lo sucio que me parecían sus actos pero la punta de la navaja seguía ahí, mostrándome que el del poder era él y no yo.

 

Y vaya que lo empleó: de alguna manera bajó su cierre y sacó su miembro, o probablemente ya lo llevaba de fuera, no lo sé, pero se empezó a masturbar; lo sabía porque su mano se movía armónicamente mientras llegábamos a la siguiente estación y el hombre de a lado, sin darse cuenta de nada me sonreía con lástima al ver mis lágrimas apenas enjugadas.

 

Avanzábamos y sentía su mano moverse; la punta de su pene rozaba mis nalgas y yo lo odiaba más con cada segundo que pasaba.

 

El tormento se acercó al final cuando casi llegábamos a la siguiente estación y sentí leves golpes en mis nalgas, golpes provocados por su semen asqueroso derramándose en mi ropa. Lo sentía penetrar los tejidos de mi ropa hasta llegar a mi piel.

 

Se quedó inmóvil, ambos apenas respirando, él gozando su orgasmo y yo humillada, al punto de la histeria.

 

El metro bajó la velocidad y metió su mano llena de semen bajo mi pantalón para limpiarla en mi pubis, me embarró su calentura y lo sentí como un ácido que laceraba no solo mi piel, sino mi dignidad.

 

Terminó de subir su cierre cuando las puertas se abrían y soltó su navaja, la sentí caer a lo largo de mi cuerpo mientras trataba de voltear con la intención de escupirle a la cara pero la muchedumbre me empujaba de un lado a otro.

 

Cuando por fin volteé ya estaban subiendo de nuevo y no pude distinguir a nadie, tragué saliva y apreté los puños al voltear al piso y no encontrar ninguna navaja; solo un bolígrafo y un piso manchado con gotas del líquido viscoso; igual que mi ropa.

 

Me pegué a la puerta, ahora cerrada, y discretamente llevé mi mano a mis nalgas solo para que mis dedos se sumieran en una leche todavía caliente y de fuerte aroma, podía olerlo a pesar de los abundantes olores a mi alrededor.

 

Las amargas lágrimas recorrieron mis mejillas lentamente a lo largo de dos estaciones más; la humillación que acababa de sufrir no tenía precedentes en mi vida; y lo peor es que no pude siquiera ver la cara del hombre que me había hecho esto.

 

Ya casi para llegar a la estación donde debía bajarme levanté la pluma y luego bajé del metro lamiendo discretamente mi dedo índice; sabía a sal.

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